
Jomar Henriksen es un tipo de treinta y pico de años largos que vive deprimido y solo. Supo ser esquiador profesional, pero un accidente lo dejó sin la actividad que le daba sentido a su vida, y también sin pareja. Ahora es el encargado de vender boletos y mantener una pista de esquí, hasta que la aparición del mejor amigo de su infancia, con quien se fuera su mujer, le revela que en el norte del país tiene un hijo de cuatro años, lo que le obliga a decidir entre salir de su sopor y emprender el viaje, seguir hundiéndose en el colchón de nieve lastimoso de la inacción, o reclamar una y otra vez que le dejen internarse de nuevo en una clínica como quien se aferra a la pollera de la madre. La semana de documentales sobre grandes desastres que pasan por el canal de cable de National Geographic y un oportuno accidente doméstico, toman la decisión por él. Envuelto en las llamas que incendian la casilla de madera en la que vive, duerme y trabaja, duda entre dejar que los gases lo adormezcan y la calidez del fuego lo consuma, o salir a la intemperie y enfrentarse al frío. La ventana rota por un matafuego es el primer gesto de liberación de una película que los acumula con gracia amorosamente cómica, sin revestirlos de sentido trágico ni declamar una épica edificante. El salto de Jomar es un movimiento del espíritu concreto, y durante el viaje hacia el hijo que emprende, ocurre otro incendio involuntario más, quema de naves metafórica que ilumina el paisaje helado nórdico tanto como desecha el peso del pasado. La película de Rune Denstad Langlo que se proyectó en la Sala Lugones dentro del ciclo Nuevo encuentro con el cine noruego, es una película feliz y anda dando vueltas con subtítulos en castellano por ese mundo ancho y no tan ajeno de la web. Lo es no porque sus personajes lo sean, sino porque responde al esquema de superación personal, pero también porque no exagera la negrura del punto de partida ni glorifica la meta. Entre uno y otro extremo hay un recorrido que incluye el encuentro con tres magníficos personajes episódicos: una nena de unos 13 años que vive sola con su abuela en una casa alejada de toda comunidad y hace de Jomar algo así como su mascota; un adolescente homofóbico que le enseña a emborracharse prácticamente sin alcohol, con el sólo concurso de unos tampones y una lija; y un viejo que no se sabe bien -hasta un remate morosamente sorpresivo- qué cuernos espera metido adentro de una carpa india emplazada sobre la superficie congelada de un lago. La película fluye sin demora ni vértigo, y su gracia radica en la sobriedad gestual de los actores y la precisión del plano general, que oculta más de lo que muestra. Jomar, su hijo y el sol alineados, le dan al último plano una intensidad simbólica fuerte sin el más mínimo subrayado. Y allí es tan importante quienes aparecen en cuadro como quien no.
(Publicada en El Amante)
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